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  • Por: Cristian Hidalgo
  • domingo 04 enero, 2026

¿Comunicadores o sicarios de la comunicación?

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La reputación de una marca, persona o cosa es la percepción que esta genera hacia los demás. Construirla es un proceso que toma toda una vida; destruirla, apenas unos minutos. Es algo tan vulnerable que nuestros constitucionalistas se han visto precisados a protegerlo a través de la Constitución, al establecer en su artículo 44 que: “Se reconoce el derecho al honor, al buen nombre y a la propia imagen. Toda autoridad o particular que los viole está obligado a resarcirlos o repararlos conforme a la ley”.

En nuestro país existen dos tipos de muertes: la física y la moral. En algunas ocasiones hemos visto a personas desconsoladas reclamar que, si ya les han matado físicamente a su pariente, no lo hagan también moralmente. Dos maneras tenemos de producir la muerte (física o moral) de alguien: por autoría material o intelectual. La primera ocurre cuando somos quienes personalmente nos encargamos de producirla; la segunda, cuando la encargamos a terceros (en este caso se denomina sicariato).

La figura del sicariato se ha puesto muy de moda en la República Dominicana, tanto que nuestro legislador la ha incorporado en el nuevo Código Penal: “Se considera sicariato a quien planifique, encargue, ordene o ejecute, de manera directa o indirecta, un asesinato a cambio de una remuneración o promesa de pago”. La pena oscila entre 30 y 40 años de prisión, y multas entre 50 y 1,000 salarios mínimos. En el día de hoy vamos a dejar a un lado el sicariato físico y a traer a la palestra el “sicariato moral”; ese que nace desde una supuesta “comunicación estratégica” ejercida por “comunicadores sociales”, cuya arma letal es el micrófono.

He tenido la oportunidad de escuchar, de viva voz, a “comunicadores” amigos expresar: “vamos a entrarle al senador, al gobernador, a la síndica, al diputado, etc.”. De inmediato improvisan un consorcio de “comunicadores”, trabajadores de la prensa y pseudoperiodistas que, como aves carroñeras, trazan una “corriente de opinión” tendente a difamar y atacar la moral y la familia de su víctima elegida, con el único propósito de ser llamados y “tomados en cuenta” en algo que no les pertenece, pero de lo que se consideran acreedores.

Quienes a esta mala práctica se dedican se escudan bajo el blindado traje de la “libertad de prensa”, soslayando la inexorable realidad de que existe la Ley 53-07, sobre Crímenes y Delitos de Alta Tecnología, que obliga a toda persona que asevere públicamente la existencia de un hecho a poseer las pruebas para demostrarlo. Su morada suele ser la muerte, la cárcel, la marginalidad o el zafacón de la historia. Aún no he visto brillar ni progresar a ningún sicario comunicacional; algunos, de patio, son “peceteros”, se mantienen de “pesetas” y nadie los toma en cuenta seriamente; otros, de dimensión nacional, se han encontrado incluso con la misma muerte física. Para todos, el final es funesto.

Obviamente, no podría cerrar este comentario sin destacar y felicitar a esos comunicadores sociales y periodistas cuya trayectoria es tan acrisolada como honorable su reputación; ellos llevan tatuada en la frente la “E” del éxito porque son acreedores del respeto, la consideración y la valoración de los demás. Es muy fácil identificarlos en sus comentarios, al enunciar su verdad de manera serena y clara, exponiendo el diario acontecer local y nacional de forma objetiva, desprovistos de intereses personales, resentimiento, rencor y animadversión. Esos comunicadores sí merecen el respeto de sus televidentes, oyentes y lectores. Feliz domingo.

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