
En la imagen se observan dos niños de pie sobre montones de escombros y restos de construcciones derrumbadas. A su alrededor hay concreto roto, varillas expuestas y fragmentos de ladrillos, lo que sugiere el colapso reciente de varios edificios. El entorno luce desolado y polvoriento, evidenciando las consecuencias de una situación de desastre.El escenario político dominicano suele presentarse como un juego de contrastes absolutos, donde las fronteras entre el oficialismo y la oposición parecen insalvables. Sin embargo, cuando se remueve el ruido electoral, la pirotecnia de las redes sociales y el discurso de barricada, la realidad desnuda una verdad incómoda: los males que aquejan a nuestra cultura política son transversales y no discriminan colores partidarios. La prueba más reciente y fehaciente de esto se encuentra al contrastar dos piezas discursivas: el discurso público del presidente Luis Abinader ante el Comité Nacional del Partido Revolucionario Moderno y el audio filtrado de una reunión a puerta cerrada de Leonel Fernández con la Dirección Política de la Fuerza del Pueblo.
A primera vista, son universos distintos. Uno es una proclama institucional, calculada y expuesta ante las masas; el otro, un desahogo estratégico, pragmático y privado. Pero al analizar el mensaje subyacente, el diagnóstico que ambos líderes hacen sobre sus propias estructuras es idéntico. Ambos están leyendo el mismo fenómeno de desgaste y lidiando con los mismos vicios de la dirigencia.
Para entender la gravedad de las alarmas que ambos líderes encienden, es obligatorio mirar el retrovisor institucional de ambas organizaciones partidarias y recordar que los males de la fragmentación no son nuevos en la política dominicana. Ni el PRM ni la Fuerza del Pueblo son inmunes al virus de la división; al contrario, ambos nacieron de traumas divisivos. El PRM es el resultado directo de la fractura del viejo PRD, provocada por enfrentamientos de ego y liderazgos. De manera similar, la Fuerza del Pueblo se creó tras la salida de Leonel Fernández del PLD en una ruptura con Danilo Medina, quien impuso a Gonzalo Castillo como candidato presidencial.
Este peso histórico nos lleva a recordar que la sombra de la división no es un temor teórico, sino su trauma de origen. Es aquí donde la figura de los líderes originales resuena con fuerza: el PRM proviene de la semilla sembrada por José Francisco Peña Gómez, y la Fuerza del Pueblo desciende del proyecto político fundado por el profesor Juan Bosch. Ambos líderes históricos lidiaron constantemente con el fantasma de la división, sabiendo que del seno de sus organizaciones originales eventualmente surgieron y terminarían surgiendo más bloques partidarios.
Sin embargo, al hacer la comparación entre ayer y hoy, el contraste es evidente. El liderazgo tradicional transitaba las calles y caminaba junto a las bases, visitando gremios, municipios, juntas de vecinos y provincias. En cambio, hoy parece haber un distanciamiento; la actual dirigencia de ambos partidos, con algunas excepciones, se percibe distante y perfumada. Incluso, muchos militantes señalan que sus líderes se han encumbrado hasta el punto de no responder a sus llamadas telefónicas, perdiendo así el contacto con la realidad y la sensibilidad popular.
Al analizar las similitudes en el discurso, el primer punto de convergencia es la reprimenda contra la ambición individualista y el asalto prematuro al poder o las posiciones del Estado. En el audio filtrado, Leonel Fernández lanza una de sus críticas más ácidas al advertir que los dirigentes de la Fuerza del Pueblo están repartiéndose unos cargos que solamente están en nuestra cabeza, cayendo en un triunfalismo ciego que excluye y humilla a los compañeros de las bases. Casi de forma simétrica, Luis Abinader utilizó el estrado del PRM para recordar una doctrina esencial: Nosotros no nacimos para administrar una estructura. no nacimos para repartir posiciones. No nacimos para defender privilegios… Los dominicanos nos eligieron para resolver los problemas del país y no para oír hablar de los nuestros. Que el líder de la oposición denuncie un reparto imaginario y el presidente de la República frene un reparto real demuestra que, para la capa media de la política dominicana, el partido sigue corriendo el riesgo de ser visto primordialmente como una agencia de empleo y no como un instrumento de transformación.
El segundo eje subyacente es la pérdida de conexión con los ciudadanos y la militancia de a pie, provocada por la arrogancia del estatus y el olvido de las bases. Fernández confiesa en la intimidad de su reunión su frustración al intentar mediar en conflictos provinciales como el de Puerto Plata, sentenciando que sus dirigentes deben "aprender a convivir con la idea de que yo no siempre tengo la razón" y exigirles "suficiente humildad". Por su parte, Abinader dedica la médula de su discurso a advertir contra el mayor riesgo de un partido gobernante: creer que los logros estadísticos sustituyen el contacto humano. "La política no comienza hablando. La política comienza escuchando. Escuchando con humildad… incluso cuando no nos gusta lo que escuchamos", proclamó el mandatario. Ambas advertencias revelan el "síndrome de las alturas". Tanto en el Gobierno como en la oposición, la dirigencia tiende a aislarse en cápsulas de autocomplacencia —unos escudados en los informes oficiales y otros en las promesas de comités políticos—, olvidando que la desconexión con la base social fue, precisamente, el principio del fin de los partidos tradicionales que antes hegemonizaban el poder.
Finalmente, ambos textos convergen en el miedo compartido al canibalismo interno ante los procesos de relevo y las agendas personales. El PRM se enfrenta hoy al complejo reto de la sucesión presidencial y las aspiraciones de cara al futuro, un terreno minado donde Abinader tuvo que recordar de forma tajante que "todos pasaremos" y que ningún dirigente es más grande que el PRM. En la otra acera, Fernández apela a un tono de urgencia histórica y emocional al recordarles a los suyos que "esta sea mi última contienda", exigiendo que se aprenda a "sumar y multiplicar, no a restar y dividir". Es el temor a la fragilidad de proyectos construidos sobre liderazgos personalistas o coyunturales. El mensaje implícito de ambos es claro: el canibalismo por el control futuro puede implosionar las organizaciones desde dentro antes de que logren consolidar su legado.
Como conclusión, el verdadero adversario de los partidos dominicanos actuales no está en la acera de enfrente. El discurso de Luis Abinader y el audio de Leonel Fernández funcionan como un espejo incómodo de la partitocracia actual, que parece olvidar el alto precio que se paga por las divisiones y la falta de contacto con sus bases. El mayor peligro de destrucción para el PRM y la Fuerza del Pueblo no proviene de las estrategias del rival, sino de la descomodación interna provocada por la arrogancia de sus cuadros, el pragmatismo desmedido y la memoria corta de una dirigencia que parece haber dejado atrás los principios de humildad y cercanía que caracterizaban a figuras como José Francisco Peña Gómez y Juan Bosch. Queda por ver cuál de las organizaciones asimila el boche de sus líderes y si sus cuadros entienden finalmente que, al final del día, los nombres pasan, pero las instituciones —y las consecuencias irreparables de sus desaciertos— siempre permanecen en el tiempo.