

El riesgo de una escalada en Oriente Medio no solo amenaza la estabilidad política y energética global, sino que podría desencadenar una crisis humanitaria silenciosa: el acceso al agua potable.
La región del golfo Pérsico, una de las más áridas del planeta, depende de forma crítica de la desalinización para sobrevivir. Según datos recientes, más de 400 plantas desalinizadoras operan en esta zona, produciendo cerca del 40 % del agua desalinizada del mundo. Estas instalaciones convierten el agua del mar en agua potable, abasteciendo a millones de personas y sosteniendo la actividad económica de varios países.
La dependencia es especialmente alta en algunos Estados del Golfo. En Kuwait, alrededor del 90 % del agua potable proviene de la desalinización, mientras que en Omán alcanza el 83 % y en Arabia Saudita cerca del 70 %. Incluso en Emiratos Árabes Unidos, con mayor diversificación hídrica, el 42 % del suministro depende de esta tecnología.
Este modelo, aunque eficaz, presenta una vulnerabilidad crítica: la concentración de infraestructuras en zonas costeras expuestas. En un escenario de conflicto, estas plantas podrían convertirse en objetivos estratégicos o verse afectadas por ataques, bloqueos marítimos o interrupciones energéticas.

Expertos advierten que cualquier daño significativo a estas instalaciones tendría consecuencias inmediatas. A diferencia de otras fuentes, la desalinización no permite grandes reservas: muchas ciudades dependen de un suministro continuo. Una interrupción de apenas días podría dejar sin agua a millones de personas.
Además, la producción de agua desalinizada requiere grandes cantidades de energía, lo que vincula aún más el sistema hídrico con la estabilidad del suministro energético, otro de los puntos sensibles en un contexto bélico.
En este escenario, la guerra no solo se libraría en el terreno militar o geopolítico, sino también en el acceso a recursos básicos. El agua, indispensable para la vida, podría convertirse en uno de los factores más críticos y desestabilizadores en la región si el conflicto se intensifica.
La fragilidad del sistema pone de relieve un desafío urgente: garantizar la seguridad hídrica en una de las zonas más dependientes del mundo de una tecnología tan vital como vulnerable.
Fuente: RT en Español