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  • Por: Cándido Mercédes
  • lunes 08 junio, 2026

Una sociedad sin consecuencias: entre el vértigo, el vacío y la esperanza

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“La democracia es incompatible con el miedo. Solo prospera en una atmosfera de reconciliación y diálogo. Quien absolutiza su opinión y no escucha a los demás ha dejado de ser un ciudadano”. (Byung-Chul Han: El espíritu de la esperanza).

Vivimos hoy, la humanidad, la más devastadora crisis de la incertidumbre, de la volatilidad y de la confianza. En una zozobra cuasi permanente cuya recurrencia nos atrapa, a menudo, en la pérdida del presente real y del futuro. Cada época de cambio y de cambio epocal nos ha producido hecatombe e iconoclastia. Hoy, el desafío es de mayor escala: una disrupción de la alta tecnología y con ella la emergencia de una nueva elite dominante: el tecnofeudalismo, deriva en la tecnocracia y con ella, la tecnooligarquía.


El Derecho, la Ética, la Filosofía, la Sociología, se agitan para comprender y entender todos los cambios profundos que ha traído la alta tecnología y con ello, la sociedad digital, los imperios digitales. Esas ciencias han de construir límites en esta nueva desconstrucción y construcción de una nueva era civilizatoria, donde nos encontramos al mismo tiempo en la emergencia de una nueva potencia y el declive de la potencia que se erigió a partir de la Segunda Guerra Mundial.


Crisis, decía Albert Einstein, es sinónimo de oportunidad, de cambio. Concurren en este interregno: climática, económica, geopolítica, geoeconómica, geoestratégica, alta tecnología. Ellas nos producen no solo inquietudes sino angustia de un futuro incierto. La ansiedad de los grandes cambios tecnológicos nos abruma, donde pareciera que la humanidad misma ha generado un desconcierto “sin límites”. Allí donde lo emocional eclipsa, se sobrepone a la racionalidad, a la razón como fuente primogénita de la inteligencia.
Todo este entramado societal global arriba, en cada formación social, con su propia singularidad, especificidad, generando en cada sociedad manifestaciones diferenciadas en las crisis múltiples que concurren simultáneamente. Desde antes y ahora hemos vivido en Dominicana en una sociedad sin consecuencias, una sociedad entre el vórtice del vértigo, el vacío y la esperanza. Una sociedad que crea límites en el papel y donde los derechos solo se anidan e incuban en aquellos “favorecidos” por el poder económico y del poder político.


Vivimos en una sociedad claudicada, personal y colectivamente. Una sociedad extirpada en sus elites, empresarial y política, por la coherencia y la integridad. Un corpus político- empresarial que no aprende del pasado y donde los sectores estratégicos de la sociedad no tienen sentido de la historia. No dialogan con la muerte y su futuro. En cómo nos evaluarán. Solo avivan el gozo del presente, olvidando como paradigma de la historia, que cuando se actúa de manera justa, con integridad moral y coherencia, el aire y el vuelo moral nunca fallece.
Cuando se ha vivido en una sociedad sin consecuencias, el miedo permanece incubado permanentemente y, por lo tanto, el clima de ansiedad, de angustia, nos acosa recurrentemente a lo largo de la historia. Una sociedad sin consecuencias no cierra su pasado. No pasa balance y evalúa para poder truncar y trastocar todo ese pasado añoso y terrible en la fisonomía social, económica y política dominicana. La falta de consecuencias nos deja con las heridas abiertas, nos atolondra y permite que los que ayer destruyeron lo mejor del pasado se erijan en los continuadores de la vida contemporánea.
La claudicación es ostensiblemente obscena. Una obscenidad que nos invita a olvidar ese pasado atroz que cercenó vidas valiosas. Nos conduce a olvidar a los héroes y mártires que ofrendaron sus vidas, incluso los del 30 de Mayo. Al azar realizamos un sondeo no científico y salimos a preguntar: Un día como el 30 de Mayo, ¿qué ocurrió en República Dominicana? Ningún joven me respondió con certeza, a la luz de la historia.
Chile, Argentina, Uruguay, Brasil juzgaron a los criminales de las dictaduras de sus países. Aquí, un país donde nos negamos al balance de la historia para no minimizar el presente, para poder mirar el futuro con menos miedo. No colocamos a cada quien en su sitial. Una sociedad sin consecuencias nos hace frágil, viviendo en el vórtice del vértigo del vacío, como si el futuro no se creara.
Los que creyeron que la integridad moral estaba por encima de la vida, en la dimensión de la coherencia real, como Espaillat en el Siglo XIX y Bosch en el Siglo XX, tiempos después, sus discípulos se encargaron de imitar la praxis de sus antípodas. Los “herederos” de don Juan se catapultaron en los sepultureros de su praxis política y de su historia teorética para conocer sus orígenes.
Nadie condenado por la satrapía de Trujillo. Nadie llevado al banquillo por la muerte de Manolo, donde él y sus compañeros se entregaron. Nadie condenado por la muerte de Caamaño, que lo agarraron herido y lo fusilaron. En los 12 años de Balaguer, alrededor de 1,200 personas fueron asesinadas y desaparecidas, ¡acribillados!
Una sociedad sin consecuencias paladea sempiternamente en su lodazal y recrea la cloaca de la perversidad a tono con la circulación de la época. Por ello, de doce países que ODEBRECH sobornó, dos de África y diez de América Latina, solo en dos países (Venezuela y República Dominicana) no hubo condena a los sobornados. En algunos países (Perú) varios expresidentes fueron conducidos a la cárcel y Alan García se suicidó. Aquí ningún expresidente fue llamado.
Una sociedad sin consecuencias deriva en un tejido político-institucional demasiado tolerante frente a la conducta ética-moral, coadyuvando a la normalización del comportamiento desviado como signo y símbolo de prestigio. Configuramos una casta en la escala de la jerarquización social donde el poder del Estado, que limita e iguala a los ciudadanos en los territorios públicos, no obra de la misma manera. La justicia solo opera como justicia con los que tienen dinero, poder político e influencia.
Los casos de mega corrupción tienen varios años que el Ministerio Público los sometió. Solo uno ha llegado a sentencia. Algunos han durado años en juicio preliminar para determinar si van a juicio de fondo y dos años después los incidentes han impedido el comienzo real. El 8 de abril del 2025 ocurrió el más horrible acontecimiento de muerte en la historia dominicana: 236 muertos, cientos de heridos y decenas y decenas de hijos sin padres ni madres. A un año y dos meses todavía se ventila para validar o no si llevan a juicio a los hermanos Espaillat. Así mismo vemos como de 26,000 presos, solo 9,000 tienen condenan definitivas, esto es, 17,000 son presos preventivos, que resalta que constituyen el 64-65% de la población carcelaria no ha sido dictaminada por la justicia dominicana.
Si hacemos la tarea, encontraremos que alrededor del 95% de esos presos preventivos son pobres y sectores vulnerables, que no pueden pagar abogados. Una sociedad sin consecuencias que no puede redimir a sus ciudadanos cuando el estado, por ausencia o por falta de regulación o por inobservancias de las normas, daña y destruye a sus ciudadanos.
La crisis de referencia social a todos los niveles de líderes que animen e inspiren con su coherencia entre el ser y el actuar. Hay una crisis en la sociedad de los actores públicos entre su ser y querer ser, entre su vida y su manera de actuar. Tienen, la inmensa mayoría, tres y cuatro personalidades en su poder. Una verdadera desconfiguración en su interior. En ellos hay un hiato entre el pensar y el hacer, entre su relato visibilizado y la tertulia personal. Como nos decía Peter Drucker “Lo que has de saber para liderar es saber dónde estás y a dónde vas”. Un dirigente que no habla de su pasado, de sus errores, nunca tendrá un compromiso cierto con su país ni con la organización que dirige.
El riesgo, trance mayor, cuando vemos personajes caracterizados por la fabulación, la mentira y el engaño. Personas sin ningún capital reputacional, ético, hablan en los medios sin rubor. Por ejemplo, vi en un programa del domingo 31 de mayo decir que la intención del voto de los potenciales candidatos si se había evaluado, percibido. Señaló que la Encuesta de Gallup/Diario Libre no se dijo porque había uno que tenía 41% de intención del voto nacional. Cuando hice la tarea, con la fuente primaria, Gallup/Diario Libre no midió esa intencionalidad.
Simplemente no hay armonía entre el ser y el actuar porque el ethos de la mayoría de los políticos no se ha forjado en el carácter de la civilidad integral, que atraviesa por la médula espinal entre lo justo y lo injusto, en la línea del hilo conductor que poda todo el poder decisional, posicional y social.
En una sociedad con consecuencias lo que importa son los seres humanos que no se dejen ningunear, extorsionar, chantajear ni por el dinero ni por el poder ni la sazonería de la vanagloria. El valor esencial de las acciones se convierte en el baluarte nodal de su existencia. Tenemos que ver la realidad de las cosas, en su totalidad y subvertir lo meramente formal de las cosas. Una gran parte de las elites dominicana (empresarial, política, religiosa, social) viven en el Siglo XXI en la alegoría de la caverna, de Platón. No quieren sumergirse en el mundo social y económico en que nos encontramos y que reclama un nuevo contrato social.
No saben leer ni siquiera las encuestas que señalan desde ya el camino político, qué nos deparan los próximos años si no ocurre un golpe de timón en el sistema de partidos. La desafección es inmensa como NINGUNO. Necesitamos, como diría Alfred Sonnenfeld, “líderes con una fuerte e inquebrantable esperanza, una confianza casi provocadora y la serenidad de un corazón palpitante. Líderes que no se dejen arrastrar por la confusión generalizada y, sobre todo, que no se doblegan ante la tentación de tener cada día más”.
Tenemos que trascender la sociedad de la supervivencia, que es la sociedad sin consecuencias. Para ello debemos de aunarnos de valor para entender, como nos dice Byung-Chul han en su libro El espíritu de la esperanza “… En una situación así, solo la esperanza nos permitiría recuperar una vida en la que vivir sea más que sobrevivir. Ella despliega todo un horizonte de sentido, capaz de reanimar y alentar a la vida. Ella nos regala el futuro”.

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